jueves, 3 de noviembre de 2011

LA NEGOCIACIÓN

Francamente, estoy exhausto. Y es que negociar me agota; y todos los días, desde que me levanto hasta que me acuesto, a cada instante, cada acto de mi vida supone una negociación. Y creo que a todos nos pasa en cierta medida lo mismo.

Negociamos por todo y con todos. Con amigos, con  enemigos, con desconocidos, con familiares, con los objetos que nos rodean, incluso hasta con nosotros mismos.

Negocio con el tráfico
Cada mañana empiezo el día ya negociando con el despertador sobre mi permanencia en la cama.  Acto seguido, y este es un momento especialmente duro, me veo obligado a negociar conmigo mismo, con mi propia ciclotimia, sobre los aspectos que determinarán mi actitud para el resto del día; desde la indumentaria, el carácter, la distribución de tiempos en la agenda del día, los temas pendientes, las conversaciones (negociaciones) pendientes...

Negocio con mis hijas el tiempo que deben dedicar a su desayuno, la hora de salida al colegio...con el tráfico...

Negocio en el trabajo
Negocio en el trabajo, sobre todo en el trabajo. En todas y cada una de las múltiples reuniones en las que participo. Negocio en la relación con mis compañeros, con mis jefes. Negocio una vez más conmigo mismo sobre mis dosis de vehemencia y sosiego para negociar. Y otra vez más con mi ciclotimia.

Negocio de continuo con mi nivel de glucosa.

Y entro por fín en casa, después de negociar con el aparcamiento, para pasar a negociar con los deberes de mis hijas, con su cena y con la hora de acostarse. 



Negocio hasta con el gato por mi espacio en el sofá.

 



O, si fruto de unas buenas negociaciones previas, me veo inmerso en mi actividad musical, también, como no, me veré -siempre- negociando. 






Con la técnica -micrófono, guitarras, cejillas, amplificador- 


Con los demás músicos, el volumen, la expresión, la modulación, la interpretación, esto sí, esto no...







Y al final del día, negocio una vez más conmigo mismo, con mi cansancio para irme o no a negociar con mi sueño o quedarme en el sofá con mis ganas de vivir un instante en compañía de mi mujer, sin negociar.